Logo Observatorio CUD
  • ES
  • · En
Logo Observatorio CUD
Observatorio de la Cooperación Universitaria al Desarrollo

Garantizar una educación de calidad, equitativa e inclusiva (Julio L. Martínez, Rector de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid y Vicepresidente de la CRUE)

En este segundo artículo de la serie de opiniones de expertos sobre la integración de la Agenda 2030 en la universidad, el Rector de la Universidad Pontificia de Comillas y Vicepresidente de Crue Universidades Españolas, Julio L. Martínez, reflexiona sobre el ODS 4.


Julio L Martinez (gr)Julio L. Martínez, 
Rector de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid y Vicepresidente de la CRUE

La educación es un derecho fundamental

La educación es un derecho básico de toda persona por el hecho de serlo, y por consiguiente entra dentro de lo debido, el ámbito de los mínimos decentes que por justicia hay que garantizarle a todo ser humano. Así lo han reconocido todas las declaraciones, pactos y convenciones desde el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948: “Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La instrucción técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos. La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos…. Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos…"[1].

Teniendo en cuenta unas y otras declaraciones no hay duda de que el derecho a la educación está entre los primeros y fundamentales, pero la realidad clama a gritos que es un derecho que no se hace efectivo para millones de seres humanos: millones de niños y niñas en todo el mundo no pueden ir a la escuela a causa de la pobreza, la discriminación o las guerras, y otros tantos reciben una educación discontinua o deficiente. Millones de personas no ven respetado el derecho humano fundamental a la educación, y consiguientemente no la pueden emplear como herramienta decisiva para el desarrollo de su personalidad y sus sociedades, con la fuerza extraordinaria que se le adjudica para superar la pobreza y la desigualdad.

ODM2Por eso, tiene todo el sentido que el 4º de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) de Naciones Unidas (2030) sea “garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos”. Y que previamente entre los objetivos de desarrollo del milenio se hubiera formulado como objetivo 2º: “Lograr la enseñanza primaria universal”, con la meta de asegurar que, en 2015, los niños y niñas de todo el mundo pudiesen terminar un ciclo completo de enseñanza primaria. Una vez evaluado lo conseguido hasta 2015 se puede decir que la educación universal desgraciadamente no está aún lograda, a pesar de que muchos países pobres han hecho tremendos avances. También que la gran mayoría de los niños que no finalizan la escuela están en África subsahariana y el Sur de Asia y que las desigualdades obstaculizan el avance hacia la educación universal.

Educación de calidad: integración de la persona y de los multidimensionales saberes

Ods4Educar obviamente no se reduce ni se ha reducido nunca a aportar a otro conocimientos que no tenía o contenidos que desconocía. Es algo más serio y hondo; se refiere a hacer que el otro aprenda a niveles diversos, que saque lo mejor que lleva dentro y que  fructifique abriéndose a nuevos aprendizajes. Por eso para el par de acciones que van juntas en “enseñar/aprender”, el verbo más incluyente es “educar”. Se enseña para educar, por lo que el protagonismo no debe estar en el que enseña sino en el que aprende. En el proceso educativo esto lleva a una continua interacción entre contexto, experiencia y reflexión, acción y evaluación.

Siempre ha sido, pero hoy somos mucho más conscientes de que el saber es multidimensional y se refiere a “múltiples inteligencias” y “múltiples competencias”: “saber conocer, saber hacer, saber ser y saber convivir”, los cuatro pilares de la educación del informe de la UNESCO, La educación encierra un tesoro (1996). O lo que el Foro Mundial sobre Educación de Dakar (UNESCO, 2000) definió como “aprender a asimilar conocimientos, a hacer, a vivir con los demás y a ser”, “explotar talentos y capacidades de cada persona…con objeto de que mejore su vida y transforme la realidad”.

Desde luego que la educación ha de tener en cuenta a los distintos actores implicados en ella (educandos, familias, grupos sociales e instituciones públicas y privadas…), así como  el conjunto de experiencias formales, informales y no formales que ayudan al desarrollo de la persona. La educación formal es aquella que tiene carácter intencional, planificado y reglado; la informal es la que se da de modo “no intencional y no planificado” y la no formal, la que se produce de manera intencional y planificada, pero fuera del ámbito reglado.

Nadie dude en ubicar la educación entre los derechos humanos básicos y por tanto en el nivel de obligatoriedad de lo que es debido a todas las personas (justicia), independientemente de cualquier condición o circunstancia. Pero eso no hace que la solidaridad, que tiene mucho que ver con la justicia pero también con el amor, quede fuera de lugar y de juego al hablar del derecho a la educación. Me parece que se precisa una mirada que contenga tanto amor solidario como sentido de la justicia para abrirse y percatarse de las nuevas situaciones de necesidad y hacerse cargo de los nuevos desafíos sociales. También hace falta esa mirada para recibir cada día el empuje necesario para luchar por vencer las situaciones donde se falta al respeto a la dignidad de las personas y se vulneran sus derechos. Y para educar es imprescindible el amor solidario que sostenga la ciencia y la técnica que sin duda necesitamos para hacerlo bien.

Educación equitativa e inclusiva en las “brechas” de nuestro mundo

La nuestra es una civilización tecnológica donde la ambivalencia es fortísima: es capaz generar avances en inteligencia artificial para ayudar a los médicos a diagnosticar y curar enfermedades, o de hacer que los coches puedan circular seguros sin conductor, o de poner en órbita una estación espacial o de lograr en el laboratorio “vida sintética”, incluso puede diseñar un “gran botón rojo” para detener la inteligencia artificial en caso de que se ésta “se desbocase” y comenzase a hacer daño a la humanidad, pero se muestra incapaz de impedir que miles de niños mueran al día por desnutrición o por enfermedades curables, que millones sigan sin recibir un nivel mínimo de educación o que muchísimos refugiados vivan en condiciones infrahumanas. Podemos lo más grande, pero no sabemos –o no queremos—resolver cuestiones básicas de dignidad humana. Lo que está pasando no habla solamente de desigualdad relativa en la que aumenta el número de “megaricos” cada vez más opulentos, sino de desigualdad que quita opciones vitales elementales e impide a muchos el acceso a los bienes sociales básicos, así como los mínimos para una participación activa en la sociedad. Es decir, un mundo incapaz de satisfacer las condiciones imprescindibles para un desarrollo humano que ponga en centro a la persona y el foco en la ampliación de las oportunidades para el desarrollo de las capacidades humanas. Lo cual nos sitúa en la tesitura de seguir insistiendo en la necesidad de conjugar creativamente la preocupación y atención a la justicia social y al cuidado de la casa común, sin dejar de lado los retos de la diversidad cultural y religiosa, en el marco de la potentísima cultura digital.

Y es en este mundo nuestro donde el conjunto de las organizaciones dedicadas a la defensa y promoción de los derechos de los menores, con UNICEF al frente, considera que la educación es una pieza clave para acabar con el círculo de pobreza que amenaza a muchos niños de países en desarrollo. La educación es el medio que puede permitir a los niños y niñas adquirir el conocimiento y las aptitudes necesarios para adoptar formas de vida saludables y asumir un papel activo en la toma de las decisiones que les van a afectar en el futuro. Por ejemplo, si una niña va a la escuela, sus hijos tendrán más posibilidades de sobrevivir, estarán mejor alimentados y recibirán educación. En fin, una educación basada en los derechos es la vía para acabar con algunas de las desigualdades más arraigadas en la sociedad. 

Actualmente hay que darle, a mi juicio, una importancia especial a la “brecha digital”, esa expresión tan gráfica que nombra y denuncia la desigualdad y polarización creciente que se está produciendo tanto entre personas como entre grupos y naciones respecto al acceso y uso de las nuevas tecnologías, con importantes consecuencias a la hora de participar en los beneficios de la globalización y el desarrollo. Asistimos impertérritos al ahondamiento de la desigualdad en la “aldea global”. Según datos de la Unión Internacional de Telecomunicaciones de Naciones Unidas correspondientes a noviembre de 2015, a pesar de que se ha alcanzado un 46% de hogares con acceso a Internet en todo el mundo, la brecha entre los países adelantados (81,3% de hogares con acceso a Internet) y los países menos adelantados (6,7% de hogares con acceso a Internet) sigue siendo grande. Si bien es cierto que el número de internautas casi se ha duplicado entre 2010 y 2015, no lo es menos que 29 de los 37 países africanos están en el último cuartil del ranking, incluyendo las 11 posiciones más bajas a nivel global[2].

Además de esta enorme brecha entre países ricos y pobres, también se abren otras brechas dentro de los países, y no solamente los que están en vías de desarrollo, sino en los que tienen un desarrollo alto. Esta brecha afecta a las relaciones personales más cercanas, por ejemplo, a las relaciones dentro de las familias marcadas por la irrupción de los absorbentes (¿alienantes?) dispositivos electrónicos, pero ha comenzado a afectar, también, al trabajo, y eso que aún no sentimos más que los primeros efectos de las transformaciones que  traerá la economía digital.  

La participación de los más jóvenes en la sociedad

Estoy convencido de que no podemos pensar con decencia y solvencia en el futuro sin una visión intergeneracional y, por tanto, sin ofrecer participación real a las generaciones más jóvenes, para que sean autores de los cambios y participen activamente en la construcción de su destino. Pero “¿cómo podemos hacerles partícipes de esta construcción si les privamos del trabajo, de empleo digno que les permita desarrollarse a través de sus manos, su inteligencia y sus energías?”[3]. Los datos son muy preocupantes y algunas señales como la escasa participación de los jóvenes en el referéndum británico sobre la permanencia o no en la Unión Europea muestran la dificultad de implicar a los jóvenes en los asuntos que ya ahora les conciernen, pero cuyas consecuencias van a sufrir en el futuro. Únicamente votaron el 40% de los menores de treinta años y de ellos, un 77% votó a favor de seguir en la UE, pero ya sabemos que el resultado fue el Brexit, es decir, la salida y, consecuentemente, la solución contra el sentir mayoritario de los jóvenes que mayoritariamente no se sintieron motivados para votar.

Para dar cauces efectivos de participación es decisiva la educación acompañada de una fluida comunicación. Creo sinceramente que es prácticamente imposible trabajar por la participación sin dar una formación a la altura de las circunstancias de nuestro mundo y sin generar eficaces posibilidades de comunicación, que hoy fluye, sobre todo, a través de canales y redes sociales. Las dificultades reales y las zonas oscuras no deberían impedirnos reconocer las mejoras cualitativas que aportan las innovaciones digitales tanto para la actividad económica como para las nuevas posibilidades de una gobernanza participativa, de la educación y la cultura o la expresión de la diversidad, y, más en general, de la movilidad de bienes o de personas, uno de los signos de nuestro tiempo. Junto a las inmensas posibilidades para la creación de un denso tejido relacional y posibilidades enormes de relación, hay grandes distorsiones intrapersonales y sociales a muchos niveles, hay una gran ambivalencia, y no solamente en el uso que se hace de los distintos medios, pues no basta con estar interconectado, es necesario que la conexión vaya acompañada de encuentro humano verdadero, y de trabajo  tendente a la mejora de la vida de la gente y la transformación estructural de la sociedad.

Formación en la solidaridad y la justicia dentro de las universidades

En un mundo donde la cultura de la virtualidad en las relaciones y en todo está tan viva, se hace cada día más urgente recuperar espacios de experiencia vital, de encuentro y servicio interpersonal. La acción pedagógica tiene que ser capaz de orientar a la persona a conocerse, a comprender el mundo en que vive y en el que está llamado a situarse y a aprender. Necesitamos una educación realista, que abra y confronte a las personas con la realidad, y que las ponga en contacto con su propia interioridad, no para mirarse al ombligo, sino para llegar a ser personas conscientes, competentes, compasivas y comprometidas con la solidaridad y el desarrollo. Con esas elocuentes cuatro “ces” lo expresamos en la tradición universitaria donde yo me ubico. Constituye todo un programa de formación integral que pide a gritos educadores dispuestos a poner la mejor de sí mismos con inteligencia y amor para activar procesos.

Como rector sueño con que en nuestras universidades seamos capaces de activar procesos de formación y sensibilización para todos los que trabajamos en ellas y para que los estudiantes a lo largo de sus carreras dejen entrar en sus vidas la realidad perturbadora de este mundo, de tal manera que “aprendan a sentirlo, a pensarlo críticamente a responder a sus sufrimientos y a comprometerse con él de forma constructiva, que aprendan a percibir, pensar, juzgar, elegir y actuar a favor de los derechos de los demás, especialmente de los más desfavorecidos”[4].

Aunque hoy carezcamos de prácticas sociales eficaces para manejarnos en el escenario social y cultural de nuestro tiempo, tiene que ser posible imaginar e implementar prácticas adecuadas inclusivas, equitativas y de calidad para el cambio y el mejoramiento de la persona y su desarrollo humano sostenible. Y esto pide ciertamente recursos educativos a favor de los más necesitados, pero también cultivo de espacios para pensar sobre el flujo imparable de la “cultura de la virtualidad real” (M. Castells), para controlar y no ser controlados por los instrumentos, para cultivar prácticamente la libertad de valorar y elegir activamente lo que queremos hacer con las nuevas tecnologías y sus posibilidades incalculables y ambivalentes. Son tareas que hay que sostener de por vida y piden un aprendizaje continuo.

El Rey Felipe VI dio las claves sobre la educación inclusiva, equitativa y de calidad que necesitamos, en su último Mensaje de Navidad (2016), y por eso me quiero citarlo para ir concluyendo esta breve reflexión: “una educación que asegure y actualice permanentemente nuestros conocimientos; pero que también forme en lenguas y en cultura; en civismo y en valores; que prepare a nuestros jóvenes para ser ciudadanos de este nuevo mundo más libres y más capaces y que sepan aprovechar la experiencia de nuestros mayores. Una educación que fomente la investigación, impulse la innovación, promueva la creatividad y el espíritu emprendedor como rasgos y exigencias de la sociedad del futuro, que es ya la sociedad de nuestros días”.

Esos rasgos describen muy certeramente la educación a la que legítimamente debemos aspirar para todos los niños y jóvenes de nuestro país y también para todos los de nuestro mundo. De que la consigamos o no para todos a unos niveles satisfactorios depende el desarrollo humano integral. Para ello todos los esfuerzos son pocos. Desde luego, captar e interpretar la complejidad creciente del mundo en el que vivimos hace necesario contar con conocimientos y herramientas multidisciplinares. Lo cuantitativo y lo económico se han convertido en referentes inexcusables del debate público, pero se echa de menos con frecuencia el rigor, la reflexión matizada y el sentido crítico. Y ahí las universidades tenemos un servicio insustituible que aportar en esa apasionante aspiración que forma parte de las metas de la Agenda 2030.

Mis mejores deseos para todos los que trabajáis en el Observatorio de Cooperación Universitaria al Desarrollo de CRUE Universidades Españolas (OCUD). Mucho ánimo y generosidad en vuestra importante misión. 


NOTAS

 

[1] Declaración Universal de los Derechos Humanos, Art. 26, y en posteriores pactos y convenciones: Pacto Internacional de Derechos Sociales, Económicos y Culturales, Art. 13; Convención para la Eliminación de toda Formas de Discriminación contra la Mujer, Art. 10 y 14; Convención Internacional para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial, Art. 5; Convención por los Derechos del Niño, Art. 28 y 29; Convención contra la Discriminación en Educación, Art. 3, 4 y 5.
[2] ITU (2015), Measuring the Information Society Report (Disponible en http:/www.itu.int/net4/ITU-D/idi/2015/).
[3] Papa FRANCISCO, Discurso en la recepción del Premio Carlomagno (6/5/2016).
[4] P. H. KOLVENBACH, Discurso en la Universidad de Santa Clara (EEUU) 2000.


PERFIL DEL AUTOR
El P. Julio L. Martínez de la Compañía de Jesús es desde abril de 2012 Rector de la Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE. Nació en 1964 en Vigo, ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús en 1982 y en 1995 recibió la ordenación sacerdotal. Su formación universitaria la ha realizado en Madrid, Boston y Salamanca. Es Doctor en Teología y Licenciado en Filosofía y Ética Teológica. Actualmente es Profesor Propio Ordinario (equivalente a Catedrático) de Teología Moral en la Facultad de Teología en la Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE.  Antes de ser nombrado Rector, ha pasado por distintos niveles de responsabilidad: Director de la Cátedra de Bioética, Director del Instituto Universitario de Estudios sobre Migraciones, Director del Departamento de Teología Moral y Praxis de la Vida Cristiana de la Facultad de Teología y los tres últimos años antes de asumir el rectorado fue Vicerrector de Investigación, Desarrollo e Innovación. 
Ha publicado varios libros, como autor o coautor, entre los que destacan el libro fruto de su tesis doctoral, Consenso público y moral social (2002), Comités de bioética (2003), Repensar la dignidad humana (2005), Religión e integración de los inmigrantes (2006), Ciudadanía, migraciones y religión (2007)(Premio Internacional Economía y Sociedad, de la Fundación ”Centesimus Annus”- Pro Pontifice), Libertad religiosa y dignidad humana (2009), Moral social y espiritualidad: una conspiración necesaria (2011), Religión en público: debate con los liberales (2012). Su último libro es Moral Fundamental. Bases teológicas del discernimiento ético en 2014. Es también autor de unas 100 publicaciones entre capítulos de libros y artículos en revistas especializadas y de divulgación, españolas y extranjeras. Su área principal de estudio e investigación gira desde hace décadas en torno a la cuestión de la religión en la vida pública y de las relaciones entre liberalismo y catolicismo, así como la ciudadanía y la integración de las sociedades pluriculturales y plurirreligiosas, en las que la clave migratoria juega un papel destacado. Para el abordaje de esos temas siempre busca conjugar las perspectivas totalmente compatibles de la Teología y la Filosofía, haciéndolas entrar en diálogo y abriéndolas a las aportaciones de otras ciencias.

Fecha de publicación
11 de enero de 2017

Entidad responsable

Otra entidad


  • Julio L Martinez (gr)
  • Ods4
  • Universidad pontificia comillas 320x180
  • Logo Crue

INFORMACIÓN RELACIONADA